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Esther Cabeza

Un domingo a las cuatro de la tarde, abrí mi mirada al mundo y tomé mi primera bocanada de aire. Crecí alegre y curiosa, de puntillas inicié mis primeros pasos y pronuncié las primeras palabras en el lenguaje de los recién llegados, ese que olvidamos al crecer.

Desbordaba imaginación desde mi más tierna infancia, y era un lobo, imaginario claro, quien acompañaba mis inocentes andanzas. Inventaba juegos que eran un cuento improvisado e interpretado siempre de forma muy vívida, junto con mis compañeras de juego; “La cuchara del ogro”, “La corte de la Reina”, “La Aventura del Desfiladero”, “El Viaje Subterráneo”.

El dibujo y la pintura formaban parte de se mundo fantástico y creativo que manaba de mi interior, las formas, texturas y colores, también me contaban historias. Mis técnicas preferida , el pastel y la acuarela, aun me siguen fascinando.

Siempre andaba imaginando historias secretas que me contaba a mí misma hasta que un día, mi amiga Vicky, se hizo mi cómplice. Recreamos entre las dos un mundo solo nuestro, lleno de personajes y épicos escenarios, en los que eramos siempre, ¡las protagonistas! Cada día nos turnábamos para contar y retomábamos la historia donde la había dejado la otra. Otro de nuestros juegos preferidos era recrear un programa de radio y hasta nos grabábamos con las radiocasetes de antes. Siempre disfrazándome con lo que pillara, e imaginando que era infinidad de personajes.

Cuando se acercaba la Navidad, junto con mi hermana y mi primo, montábamos “La Función de Navidad” Parodiábamos todo lo que veíamos por la tele y en la vida real, ¡nos lo tomábamos muy en serio! ensayábamos todas las tardes, y escogíamos los mejores complementos para caracterizarnos. En Noche Buena, hacíamos las delicias de los mayores que aplaudían nuestras artísticas ocurrencias y nuestro desparpajo.
¡Y los libros, cuanto soñé con las historias y cuentos que guardaban y me transportaban a mágicos lugares o hacían florecer en mi interior, interesantes tomas de conciencia!

Con mi adolescencia llegó una tremenda timidez, me evadía en la lectura y comencé a escribir historias, pero nunca se la dí a leer a nadie. Una pieza musical, un paisaje, un detalle cotidiano,una palabra, todo era objeto de inspiración para mi y lo siguen siendo.
La maternidad despertó de nuevo en mi, el anhelo de contar y compartir, así que, fueron mis hijos los que me cogieron de la mano y me lanzaron al mundo de la cuentería y ya no pude parar de contar historias, hasta que con mis cuarenta años, decidí llevar esta pasión al terreno de lo profesional, y en ello ando desde hace un buen tiempo.
Contar historias, es un acto mágico de entrega, contar historias es mi gran pasión.

HAN PARTICIPADO EN ELLAS EN SU ARTE

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